RESEÑAS — 08/08/2017 at 5:56 pm

La farsa de los ausentes

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Una lectura sobre los mecanismos de representación.

Cuerpos que corren, saltan, ruedan, que gritan y bailan, que caen y se levantan, caras blanquecinas que mastican papeles y se desarman sobre la cama. Lo que vemos es una danza, el movimiento coral del sinsentido ¿Quiénes son? ¿Dónde están?

Foto/ Carlos Furman

Así arranca La farsa de los ausentes, la versión que Pompeyo Audivert escribió a partir de El desierto entra en la ciudad (Farsa en cuatro actos), una última obra inconclusa de Roberto Arlt en la que estaba trabajando cuando falleció en 1942 y que recién fue publicada una década después de su muerte.

El desconcierto de la primera escena no es fortuito. Para la versión de Pompeyo fue fundamental el primer acto de la obra de Arlt precisamente por la confusión de los mismos personajes con respecto a su identidad y objetivos. Este borramiento de certezas antes no cuestionadas instala la discusión respecto del teatro como máquina de creación ficcional, como espacio de representación condicionado profundamente por el contexto.

“El teatro esconde una tensión entre dos niveles fundamentales: el profano o convencional, donde operan fuerzas históricas cargadas de imperativos ideológicos atravesados por el poder, y el sagrado o poético ligado a la identidad sagrada y trascendente del ser”, expresó Pompeyo Audivert en una entrevista con Página/12.

Desde esta lectura del teatro, Pompeyo propone un espacio escénico fuera del tiempo, habitado por hombres y mujeres sin nombre, cuerpos de vestimenta casi idéntica entre sí que se mueven sin rumbo claro. Reclaman con desesperación a César (Daniel Fanego), un líder en ruinas que combina con la casa que alberga a la totalidad de esos seres. Lo reclaman sin que aparezca ni conteste, le piden una idea, un rol que cumplir en ese teatro del que son parte y del que no son conscientes.

Pero César es un dios (y como tal, ausente, al menos en principio) creado por la necesidad de creer de la multitud enloquecida. Fanego es el emblema del líder absurdo, que no puede cumplir su papel en la historia porque no sabe hacia dónde tiene que dirigir a la masa que lo sigue. Es el escritor que no escribe, el creador sin ideas, la expresión del absurdo del poder, su máscara.

De a poco la tensión se va estableciendo entre la creencia y la creación, y en las imbricaciones de un término con el otro. La multitud necesita creer en la ficción que entre todos representen para crearse una identidad; necesita crear una figura de liderazgo a la que seguir y en la que creer. Pero cuando esta interacción se resquebraja y la máquina de representación queda obsoleta, todo pierde sentido y se torna absurdo. El tiempo se detiene y hay lugar para re-preguntarse sobre la identidad, sobre el sentido último de lo que supone el acto de representar.

Foto/ Carlos Furman

El futuro es fruto de Rosita (Ivana Zacharski) y el Mendigo (Juan Palomino), un poeta más concentrado en la lírica que en lo que sucede a su alrededor. Es hijo del pueblo, pero César no lo sabe y compra la farsa que le venden, la de su paternidad.  Por un instante todo parece tener sentido y la muchedumbre se esperanza. El hijo de Rosita, La criatura (Santiago Ríos), será el nuevo guía. Pero su primera palabra rompe el silencio expectante y el ciclo recomienza. 

Ni artistas, ni políticos, ni intelectuales. Nadie más que el pueblo puede escribir una historia distinta, aunque esa lucidez no dura más que un instante y la farsa del poder recomienza su círculo vicioso. Otra vez, todos van tras un líder incapaz de conducir, una deidad absurda que sólo le pone cara a un lugar vaciado de sentido, pero lleno de “voces”. El mesías no es más que una máquina de repetir noticias.

Las caretas se caen y la palabra esperada, la suposición de que revelaría la verdad, se descascara. Construcción ubicua, el poder es farsescamente accesible a todos y a ninguno. No paramos de re-presentar siempre la misma historia. Somos víctimas y autores de nuestra propia desgracia.

Alegoría de un paisaje nacional derrumbado, con esta obra coral profundamente política se reabre la Sala Martín Coronado en el Teatro San Martín luego de un largo receso por tareas de refacción y aggiornamiento. El último doblez de una trama que cuestiona profundamente nuestra historia y nuestro rol en su construcción.   

Ficha técnico artística

Dirección: Pompeyo Audivert

Autoría: Basada en “El desierto entra en la ciudad” de Roberto Arlt

Versión: Pompeyo Audivert

Actuación: Daniel Fanego, Roberto Carnaghi, Juan Palomino, Ivana Zacharski, Carlos Kaspar, Santiago Ríos, Mosquito Sancineto, Andrés Mangone, Pablo De Nito, Abel Ledesma, Fernando Khabie, Hilario Quinteros, Susana Herrero Markov, Eric Calzado, Carla Laneri, Hernán Crismanich, Mauro Pelle, Gabriel Páez, Melina Benítez, Dulce Ramírez, Milagros Fabrizio

Músico en escena: Claudio Peña

Música original y diseño sonoro: Claudio Peña

Asistencia de dirección: María Leiva, Victoria Rodríguez Cuberes

Escenografía: Norberto Laino

Asistencia de escenografía: Julia Di Blasi, Valentina Remenik

Vestuario: Julio Suárez

Asistencia de vestuario: Valeria Fernández

Iluminación: Félix Monti, Magdalena Ripa Alsina

Asistencia artística: Eric Calzado

Entrenamiento vocal: Maby Salerno

Coordinación de producción: Gustavo Schraier

TEATRO SAN MARTÍN

Av. Corrientes 1530

Tel: 0800-333-5254

complejoteatral.gob.ar

Miércoles 20:30 hs
Jueves 20:30 hs
Viernes 20:30 hs
Sábados 20:30 hs
Domingo 20:00 hs

Entrada General $ 190,00 / $ 140,00
Miércoles y jueves $ 95,00

Duración: 120 minutos

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