RESEÑAS — 12/09/2017 at 12:05 pm

Mapa del tiempo

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Un mito sobre el origen y fin del mundo. Una narración onírica que enmarca relatos de un universo ominoso.  

Si lo que ustedes están esperando es saber de qué se trata, pueden leer la sinopsis y quedarse tranquilos con que irán a ver a un hombre solo en un páramo deshabitado que cuenta una única historia compuesta por otras que se deshilachan. Sabrán también que es un monólogo masculino y que la pregunta constante es “¿Cuál es el sentido último del mundo? ¿Cuál es el sentido de todo esto?”

Si tuviera que contarles de qué se trata realmente, les diría que Mapa del tiempo no es una obra, es un poema. Les diría también que no es para cualquiera. Requiere la escucha atenta para no perderse en los pequeños senderos del mapa que Cristian Palacios va configurando desde el cuerpo textual, como dramaturgo, y desde el cuerpo escénico, como actor. Requiere la pasión por la poesía que, como esta obra, es capaz de aglomerar una multiplicidad de sentidos en el sonido, la energía, la luz, la imagen.

De retazos, de fragmentos que se apilan en su desorden, del orden que emerge del caos, de mitos fundacionales, de dioses, del susurro de un narrador en búsqueda de la verdad, de la multiplicidad de voces -que abarca desde la de un conejo hasta la de Josef Stalin y Stephen Hawking-, de esta materia está hecha Mapa del tiempo, como una especie de aleph que se retuerce sobre la pregunta del origen y el sentido de la existencia.

Ir a verla es estar dispuestos a dejarnos conducir por el narrador a través de un viaje transtemporal. A lo largo de la obra, Cristian Palacios va encarnando con una plasticidad admirable todas las voces, conteniendo en su cuerpo la posibilidad expresiva de la totalidad de un mundo en el que “las fuerzas policiales de tres o cuatro países reunidas en un basural, un pantano, un descampado, al final de una carretera, buscan probar alguna cosa que a nadie le importa”.

Tremendamente actual, la obra nos interpela con cierto cinismo sobre los mecanismos del poder a través de: el relato sobre las fuerzas policiales fronterizas dispuestas hasta el absurdo a torturar en su búsqueda de “la verdad”; el discurso y construcción que hacen los medios de comunicación representados por dos periodistas que conversan en la selva; y las tretas de los débiles puestas en juego en los personajes del perro y el conejo. Y todo esto con momentos de humor que descomprimen al material de solemnidad y permiten al espectador relajarse unos instantes.

La dirección de Daniela Martin le hace sobrada justicia a la complejidad del texto a través de un espacio escénico que está en constante transformación y resignificación, potenciando la dramaturgia y la actuación, y enriqueciéndose del sonido ominoso del tiempo.

Pero reitero, no es una obra para cualquiera. Hay que entrar en código, comprar la convención y estar dispuesto a sumergirse en el centro de este universo onírico “porque el mundo, amiguitos, es hueco, y bajo su superficie ocurren cosas que mejor sería no saber”.

En pocas palabras, una obra profunda que asume la ausencia de certezas y devela la verdad como una cáscara vacía, un peligroso agujero negro capaz de devorarlo todo sin dejar otra huella más que la del relato.

Ficha técnico artística

Dirección: Daniela Martin

Autoría: Cristian Palacios

Actuación: Cristian Palacios

Entrenamiento actoral: Pablo López

Escenografía: Facundo Domínguez

Vestuario: Yanina Pastor

Iluminación: Facundo Domínguez

Diseño sonoro: César de Medeiros

Diseño Gráfico: Gastón Malgieri

Prensa: Analia Cobas, Cecilia Dellatorre

La obra fue escrita por Cristian Palacios, integrante de la Compañía Nacional de Fósforos, en el año 2009 gracias al apoyo para la creación dramatúrgica de IBERESCENA y en el marco de las Residencias Artísticas para Creadores de Iberoamérica y Haití en México.

Se estrenó en la SALA 420 en La Plata el 18/03/17, en una coproducción con la Convención Teatro de Córdoba, y en C.A.B.A en EL EXTRANJERO.

Las funciones continuarán próximamente en otras salas.