ENTREVISTAS, INTERNACIONALES, NOTICIAS — 05/11/2013 at 6:06 pm

Moira Finucane: “El Glory Box expresa y celebra la humanidad”

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Moira Finucane es un personaje único. Excéntrica, histriónica, una mujer completamente irreverente y delicada a la vez, que se pone en escena a sí misma con cada palabra que pronuncia. Antes de comenzar la entrevista (y recibir nuevamente nuestras felicitaciones por el maravilloso, magnífico cabaret que puso en escena en el Festival Internacional de Buenos Aires) se declara avergonzada de su poco dominio del español, pero aún así se emociona y declara: “Mi amor, Buenos Aires

Nos contaste el otro día después de la función en La Trastienda que fuiste una científica ambiental antes de convertirte en artista. Creo que nuestros lectores apreciarían conocer la historia…

¿Debería empezar por el comienzo?

¡Sí!

Okey. Cuando era una niña, estaba enamorada de los cuentos de hadas. Los amaba, y también amaba las historias de las vidas de los santos (ya que fui criada como católica irlandesa). Y una de las cosas que más amaba de estos cuentos e historias es que las pequeñas bondades y las pequeñas crueldades tienen consecuencias épicas. Y eso es verdad en la vida de los santos, y es verdad en los cuentos de hadas… y es verdad en la vida real, cuando lo pensás bien. A veces los actos de bondad más diminutos pueden hacer una diferencia enorme en la vida de las personas. Por eso es que nuestras acciones son tan importantes.

Yo tenía una pasión por la justicia social desde que era muy pequeña, un fuerte sentido del bien. De ahí que decidiera que quería salvar al planeta, por eso estudié ciencia ambiental. A pesar de que, de hecho, tenía muy malas calificaciones en matemática y química, era muy apasionada. Así, me especialicé en Derecho Ambiental y trabajé en torno a las legislaciones ambientales y la conservación del ambiente, tanto a nivel nacional como internacional. Representé a Australia en las Naciones Unidas, en la Conferencia de Medio Ambiente en Noruega, lo cual fue extraordinario. Finalmente, un día, después de un intenso día de lobby político en Camberra, la capital de nuestra nación, en el cual había sido llamada “Juana de Arco” (y no en el buen sentido), estaba sentada en el aeropuerto debajo de una pequeña palmera y tuve lo que llamo “la epifanía de la pequeña palmera”. Una amiga se acercó y me dijo: “¡Te ves terrible!” y yo respondí: “¡Me siento terrible! Creo que voy a renunciar”. Entonces ella me preguntó: “Pero, entonces, ¿qué vas a hacer?”. Y yo dije: “Creo que voy a intentar actuar”. Yo nunca había estado en una obra teatral del colegio, nunca había ni siquiera pensado que quería actuar, pero me subí al avión con ella y me dijo: “Serías grandiosa”.

Entonces, en ese momento, estaba viviendo en una casa compartida, una casa muy bohemia: directores de teatro, artistas, mucha gente joven, un grupo muy ambicioso. Entonces, le dije a la directora de teatro: “Estoy pensando en intentar actuar”, y ella me respondió: “¡Excelente! Deberías audicionar para mi obra, ¡serías fantástica!” Entonces, hice la audición y obtuve el papel principal. Era una obra muy pequeña, pero yo estaba muy emocionada. Luego dirigí una pequeña obra, una diminuta puesta teatral en Sydney. Una vez finalizada, una mujer muy glamorosa se acercó al escenario y preguntó, muy histriónica, quién había dirigido esa obra y respondí, tímidamente: “Yo”. Entonces me dijo: “Quiero que vos me dirijas a mí”. Ella era dramaturga y había escrito una pieza acerca de la generación robada en Australia, que fue provocada por la sustracción forzosa de niños aborígenes, quitados a sus madres por decisión del Parlamento y adoptados por otras familias. Fue algo que se desarrolló durante bastante tiempo y dio origen a lo que hoy se conoce como la generación robada.

Y así fue como empecé. Seguí haciendo esto durante bastante tiempo, mientras todavía trabajaba en derechos humanos. Fui, a la vez, artista y trabajadora por los derechos humanos durante muchos, muchos años. Y es lo que todavía hago.

¿Y esta historia fue hace cuántos años?

Esto fue en 1992.

El Glory Box es como lo opuesto del cabaret tradicional: lo que esperás encontrar en un cabaret es la objetivación de los cuerpos, mujeres siendo vendidas como cosas, esperando que alguien las agarre. En el Glory Box, todo gira alrededor de la libertad de las mujeres, de su humanidad. ¿Cómo creés que lograste producir esta inversion? Mantuviste la estructura, pero todo lo que encontramos en su interior está trastocado.

Es interesante. Yo creo que el arte es como un cable de electricidad. Puede llevar la energía a cualquier lado. Yo no tenía ningún entrenamiento ni ninguna formación en artes, mi formación como saben es en justicia social y ciencias del ambiente. Aquello a lo que yo respondía en el mundo del arte y la cultura era aquello que te hace reaccionar, aquello que te produce una emoción, una maravillosa canción pop, una pintura increíble: entretenimiento. Y me veía naturalmente atraída hacia las formas antiguas de entretenimiento, que son de hecho muy tradicionales: varieté, voluez-vous, burlesque, cabaret, music-hall. Me veía fascinada por estas formas, que funcionan. Pero también es cierto que esas formas se han utilizado como vías del trabajo político durante cientos de años, incluso cuando pensamos en el cabaret tradicional… (guiña el ojo), que puede sencillamente ser una sumatoria de canciones increíbles y mucho glamour, y nada transgresor.

Una de las más famosas artistas de cabaret, llamada Valeska Gert, dijo: “El pequeño escenario” -que es como llamaban al cabaret en Alemania, porque es íntimo y contemporáneo, y no hay cuarta pared, entonces podemos acercarnos al espectador y agarrarlo-“el pequeño escenario debe siempre ser político”. Y cuando comencé en este camino, porque no tenía ninguna formación en arte ni en cabaret, ni pensé en mi misma como una artista de cabaret, mi trabajo no era lo que se esperaría en este rubro. No obstante, gané un premio al mejor cabaret por uno de mis primeros show en 1999, y empecé a averiguar más y más sobre cabarets provocadores, y sentí que había encontrado mi hogar.

Había una mujer en Münich, en 1901, Marya Delvard, sobre quien comencé a investigar y la encontré muy parecida a mí: alta, no muy bonita, con un aspecto impactante, casi gótico, y se hizo increíblemente famosa en un cabaret político llamado Los siete ejecutores. Este cabaret buscaba desafiar las leyes de la moralidad en Münich, que iban a ser ejecutadas allí, en ese espectáculo. Porque las normas de la moral, básicamente, controlan lo que las personas pueden decir, culturalmente. Esta mujer se hizo muy famosa sin cantar, lo que ella hacía era entonar estos eventos políticos, transgresores, cargados de erotismo. Y se volvió un tesoro nacional, con sus bases intelectuales. Al encontrarla, supe que había un lugar para mí en el cabaret.

Cuando hablás de la mirada (*the gaze), subvertir el paradigma dominante es algo complejo. Yo estoy dentro de mi cultura, soy un producto de mi cultura; un producto de los feminismos de los ’70 y los ’80, de los que formé parte. Fuimos la generación que se preguntaba si usar labial era opresivo y todas esas discusiones, que fueron fantásticas. Mis hijas no necesitarán de ningún modo tener esas discusiones. Mi generación vio a la primera mujer en llegar a Primer Ministro, mi generación tuvo la discusión –en ciertos estratos de la sociedad australiana- acerca de si las mujeres deberíamos o no tener hijos, algo que para nuestras madres era incuestionable, se esperaba de ellas que tuvieran hijos y que dejaran de trabajar cuando los tuvieran, y no tenían acceso a elecciones.

Espero, entonces, que las próximas generaciones tengan acceso a más opciones. Supongo que lo que intento hacer en mi trabajo es continuamente problematizar lo que estamos mirando y cómo, y subvertirlo. Ser provocadores en el sentido auténtico de la palabra, del italiano provocare, estimular e invitar. También trato de seducir a la gente, entonces hay misoginia en mi trabajo, y hay limitaciones porque yo soy una persona limitada. Pero mi búsqueda de alegría, de libertad y de encontrar caminos para expresar y celebrar la humanidad, evitar las presiones que afectan tanto a los hombres como a las mujeres. Los hombres encuentran mi trabajo tan liberador como las mujeres, porque todos queremos alegría y poder, y cosas excitantes.

Una de las cosas que recuerdo de cuando comencé a representar en clubes nocturnos, underground, era que la mirada (*gaze), el paradigma dominante, era muy cuestionado. Había gente gay, gente hetero, y toda clase de gente en estos clubs. La gente hacía toda clase de trabajos, no tenían preocupaciones por ser objetivados. Sencillamente se preocupaban por hacer cosas muy locas, grandiosas y fantásticas. Era un ambiente en el que se fomentaba la libertad artística, y creo que es el motivo por el cual alrededor del mundo se encuentran las mayores expresiones de libertad artística en la escena underground. No hay tanta presión como cuando pensás: “Dios mío, tengo que presentarme en el Carnegie Hall

Estoy muy interesada en la mirada, en subvertir esa mirada constantemente. Ser una mujer sobre el escenario es, aún hoy, controversial a nivel moral. Ser una mujer sexuada sobre el escenario todavía te convierte en moralmente sospechosa, en algunos aspectos. ¿Puede ser a la vez inteligente y sexy? ¿Es un objetivo o tiene subjetividad? Y supongo que, ciertamente, podés mirarnos en nuestro show (te invitamos a que lo hagas), pero nosotras te miramos a vos también. Entonces, es una conversación.

En este sentido, hay algo definitivamente androgino en algunos de los cuadros del Glory Box, especialmente ese en el cual estás caracterizada como un hombre y –sinceramente- no podíamos decir con certeza si eras o no vos.

Eso ocurre en todo el mundo. A veces la gente incluso me dice: “¡Deberías dejar que ese muchacho salga a saludar al final del espectáculo! ¡Él estuvo maravilloso!” (risas)

Vimos algunos videos en Internet y descubrimos que no todos los actos están en todos tus shows. Nos preguntábamos cómo elegiste los actos que compusieron esta presentación, cómo los elegís en cada oportunidad

Es una inmensa lucha. Tengo como mil actos diferentes disponibles, mil. El trabajo está siempre cambiando. Hace unos nueve años estrenamos este trabajo y era prácticamente un show diferente. De los actos que vieron en este festival (FIBA), sólo componían el original “Romeo” –tan talentoso… y todavía no lo dejamos salir a saludar al final-, “Pearls” y “The Queen of Hearts”. Tres de los dieciocho que componen el show, el cual está siempre cambiando.

Lo que tratamos de conseguir es que el show tenga una determinada forma. Los actos individuales son intercambiables, pero el show debe tener un determinado viaje emocional: necesita tener partes que sean oscuras y tranquilas, y partes que sean bobas, y partes que sean hermosas. Así es cómo creamos el show cada vez: se trata de los ingredientes correctos y el arte correcto. Porque es como un viaje en montaña rusa, en el que no alcanza con tener los ingredientes correctos, también hay que disponerlos artísticamente. Es un constante desafío para Jackie (Smith) y para mí.

Es un desafío complejo, que consiste en determinar qué se conjuga con qué otra cosa, porque si algo no se conjuga con lo que tiene al lado no produce ningún efecto, por más que los dos sean increíbles y emocionantes por sí mismos. Lo que tratamos de brindarle a la gente es un increíble campo de sueños, donde todo lo que era conocido se vuelve desconocido. Ese es el viaje de cada presentación.

Mencionabas antes que te gusta tener una actitud provocadora. Nos preguntábamos si alguien alguna vez lo tomó para el otro lado y se fue, quizás enojado.

Creo que la relación con la audiencia se construye desde el más absoluto respeto. Yo espero que mi público sea inteligente, y lo es. Es extraordinario lo que sucede cuando cuidás a la gente. El show fue actualmente visto por más de cien mil personal alrededor del mundo, y muchos creen que sólo puede funcionar en grandes ciudades o grandes festivales. Pero no es así.

En el comienzo, llevamos este show a pueblos del interior de Australia, un poco al modo de Priscilla, la reina del desierto (risas). El primer lugar al que fuimos fue un pequeñísimo pueblo que podías cruzar en unos treinta segundos. Llegué, fui al comercio local (el único existente) y la gente estaba muy excitada de verme. Me preocupé, porque si no les gustaba el show ¡no teníamos a dónde escondernos!

Me acerqué a mi productora artística y le dije: “Vamos a sacar ‘Romeo’. Es definitivo”. Pensé que no podíamos hacerlo en un lugar como ese. Y ella me respondió: “No podemos sacar ‘Romeo’, Moira. Esta gente está tan emocionada por esto que tuvieron una reunión ayer por este tema. No los decepciones. Ellos están siendo valientes, ¿vas a ser vos quien no lo sea?”. Entonces, salí al escenario y vi que habían dispuesto arañas de papel hechas a mano. En ese momento, pensé: “Esta gente está lista para la aventura. No quieren que yo los censure a ellos”.

Entonces, cuando cuidás de la gente y esperás que sea inteligente, en mi experiencia ellos están siempre a la altura de las circunstancias. Porque saben que no sos condescendiente con ellos, ni que están intentando shockearlos. Para intentar shockear a alguien tenés que dar por sentado que tu experiencia de vida es más sofisticada, más aguda, más espectacular, más interesante que las de ellos. Y que tenés algo infinitamente más interesante para decir. Yo nunca asumo eso. Por supuesto espero tener algo interesante para decirle a la gente, pero cuando la gente responde en formas viscerales a mi espectáculo me están diciendo algo infinitamente más interesante ellos a mí, y se lo están diciendo entre ellos.

¿Creés que podrías dar un paso al costado y permitir que el Glory Box siga adelante sin Moira?

Es un sueño que tengo hace mucho. Hay muchas versiones del Glory Box y ninguna fue sin mí. El espectáculo tiene que ser, a la vez, encantador y perturbador. Ese balance es muy delicado, porque la gente necesita espacio para respirar, reírse… El resto depende de ellos.

Me encantaría ver una versión del show sin mí. Como artista, siempre estoy creando cosas nuevas. Pero el Glory Box es como el Tiranosaurus Rex de mi vida, se come todo. Cualquier otro pequeño proyecto que tenga, si alguien quiere que participe en una película, ahí llega el Glory Box y devora todo. He visto teatro de variedades a lo largo y ancho del mundo, pero el Glory Box es único. Por eso, creo que debe continuar. Y que continúe sin mí sería realmente excitante.

¿Harías un documental sobre este espectáculo?

Se han hecho ciertos programas acerca de nuestro trabajo en Australia, pero soy un poco ambivalente al respecto. Creo que la experiencia del Glory Box debe ser vivida ahí mismo, y que se transmite un poco como un secreto: sólo a quienes lo están presenciando. Pueden ser 300 personas o 500 personas, pero nunca serán seis millones. Es un ambiente íntimo y especial, porque cambia todas las noches.

Amo el cine, pero también amo el hecho de que una performance en vivo nunca será reproducida de nuevo. Cuando comencé a actuar, prohibía que me filmaran. Si querían verme, tenían que estar ahí. Bueno, eso resultó impráctico. Me dije: ‘Moira, no vas a ganar nada de plata(risas).

También temo por la desnudez en escena. Cuando filmás algo, es muy fácil hacer que el contexto desaparezca. En el teatro, en el show en vivo, el contexto es muy claro porque nosotros lo producimos, nosotros lo creamos. Y, como decía Karl Marx, es todo acerca de los medios de producción: quién controla cómo se produce. Nosotros lo controlamos. Y esto es muy importante en trabajos provocadores, es muy importante cuando se busca revertir la mirada (gaze).

Hay una creencia de que, si deseás generar ebullición cultural –que es lo que a mí me interesa: generar ebullición, debate, cambios– debés volverte cada vez más penetrante. Pero yo no creo que esto sea cierto. Edwin Wallace, un científico contemporáneo de Darwin, viajó a Papúa Nueva Guinea y vio por primera vez a las aves del paraíso, posadas en el suelo del bosque (the forest floor). Eso lo convenció de que el hombre no era el centro del universo: ahí estaban, estas hermosísimas criaturas, viviendo sus vidas, uniéndose, alimentándose y disfrutando, ahí, en el suelo del bosque. Cuando leí eso, con mi propio bagaje naturalista, me impactó muchísimo. Desde ese momento, la imagen del suelo del bosque me ha inspirado, porque la cultura dominante es la humana, pero no es la más poderosa. Ahí, en el suelo del bosque, de donde viene el agua, está el alma del mundo. Y de ahí viene el Glory Box.

¿Qué significó para vos formar parte de este festival?

Este festival es muy aventurero. Darío Lopérfido, el director de este festival, compró nuestro show por su reputación, sin saber qué era lo que le íbamos a traer (porque el show está siempre cambiando). El sentido de la aventura, y la confianza que depositaron en nosotros, se nota en este festival. Es un festival muy excitante, repleto de increíbles trabajos dramáticos y performáticos de todo el mundo.

Amamos Buenos Aires. Buenos Aires está siendo muy generoso con el Glory Box, con Finucane y con Smith. Estamos ansiosas por volver.

Por último, Moira, ¿podrías definir al Glory Box usando únicamente una palabra?

Dios… (duda) Vos primero (risas). Definirlo en una palabra, qué difícil. Creo que lo llamaría una caja de pirotecnia, pero no sólo es más de una palabra sino que el show es más que eso. Diría que el Glory Box es el suelo del bosque.

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