Dicen que, en una charla de té, masas finas y una pizca de snobismo, sus alumnas particulares le preguntaron a Borges: “Maestro, ¿para qué sirve la poesía”? El tipo se puso de pie y golpeó la mesa. Puñetazo que resonó en las orejas escandalizadas y aristocráticas. Boquiabiertas quedaron las mujeres bien que ostentaban aprender con la gran celebridad erudita de Buenos Aires, ahora devenido en hombre temperamental de pocos modales. Casi de un grito, enfatizó: “¿Para qué sirve la muerte? ¿Para qué sirve el aroma del café?”

Parafraseando la anécdota y después de ver el nuevo infantil de la programación del Cervantes, la pregunta pertinente podría ser: ¿Para qué sirven nuestras sombras?  ¿Un simple efecto de la luz o una  materialidad invisible y única que nos hace individuos?

La Maravillosa historia de Peter Schlemihil es el cuento clásico del romanticismo alemán que pone en escena las utilidades de lo, en apariencia, inútil. Nota: la elección de un clásico alemán puede no ser casual. Alejandro Tantanian, director del teatro, tiene una fuerte influencia y formación vinculada al país europeo, ya vistos en Marx Nace, la acción de apertura de programación que contó con la co producción del Goethe-Institut. En El Hombre Que Perdió su Sombra, Peter -interpretado por Santiago Otero Ramos– vende su sombra a cambio de una fortuna inagotable. Es misterioso Hombre de Gris –Sebastian Godoy– es quien con sus encantos le ofrece un trato a simple vista beneficioso. Otra nota: Godoy es biólogo por mandato social y payaso por pasión (miembro fundador de Los Bla Bla) al igual que el autor del texto, Adelbert von Chamisso, biólogo y poeta. El conflicto gira en torno a Peter y su contrato irrevocable con el Hombre de Gris, ese malo carismático que se define como “ni blanco ni negro, sino que peor: gris”. Lo que parecía una fortuna, se convierte en una pesadilla. Nadie quiere acercarse a un hombre que no tiene sombra. Nadie quiere café sin aroma a café. Nadie quiere poesía sin pulsión de alma.

Re versionado y retro- proyectado, el espectáculo se basa en juegos de luces y sombras orquestados en vivo por Gisela Cukier y Johana Wilhem, esta última también directora del proyecto, junto con Eleonora Comelli. Las retro proyectoras dan marco mágico a una historia mágica. Además de despliegue escenográfico y visual, hay bailarines y músicos en vivo. A pura destreza física, clarinete, piano, violín y actuaciones explosivas en expresividad y talento lírico, los artistas van construyendo una historia de alta calidad, para público infantil y contenido de filo- filosófico. Última nota: las directoras están en todo. Comelli armó junto a los bailarines las coreografías. Wilhem creó la puesta visual y opera las proyecciones. Un detalle que hace a la puesta aún más artesanal.

Con la soltura y la cosa pintoresca necesaria para captar la atención de los más chicos, El Hombre Que Perdió su Sombra no pasa desapercibido. Las entradas se agotan y, al final, toda la Maria Guerrero se consume en aplausos. La dramaturgia tiene esa sutileza binaria difícil de conseguir: seduce e imanta a adultos y no adultos. Una invitación divertida y musical para re pensar para qué existe eso que no tiene utilidad  en un mundo utilitarista: la sombra, la libertad de un colibrí, el aroma del café, el arte colmándolo todo un domingo a las tres.

Ficha técnico artística

Dirección: Eleonora Comelli, Johanna Wilhelm

Dirección musical: Axel Krygier

Elenco: Pablo Fusco, Sebastián Godoy, Griselda Montanaro, Santiago Otero Ramos y Gastón Exequiel Sánchez

Músicos en vivo:  Alejandro Terán y Axel Krygier

Vestuario: Paula Molina

Escenografía: Johanna Wilhelm

Iluminación: Ricardo Sica

Proyecciones: Gisela Cukier, Johanna Wilhelm

Coreografía: Eleonora Comelli

Asistencia de dirección: Vanesa Campanini

Colaboración en dramaturgia: Isol Misenta

Producción: Francisco Patelli

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