Lucio Domicio Enobarbo es el verdadero nombre del emperador más comúnmente conocido como Nerón, que accedió al trono tras la muerte de su tío Claudio, quien anteriormente lo había adoptado y nombrado como sucesor en detrimento de su propio hijo, Británico.

¿Pero qué sabe el grueso de la gente, ajena a las letras clásicas, sobre este personaje histórico? Dos o tres cosas: que durante su gobierno se incendió Roma, que era un extravagante, que fue un loco, y poco más.

Acobino renueva el interés en este personaje con la reescritura de su historia en clave satírica. En su texto, faltan apenas algunas horas para el fin de la vida de Nerón y su consecuente pasaje a la Historia, con mayúscula.

En Enobarbo, Nerón (Pablo Fusco) aparece representado como un niño narcisista encaprichado con obtener la admiración popular y el respeto del público romano como poeta y actor, pese a carecer de talento para ambas cosas. El rol fundamental para su éxito y aceptación lo juega Atticus, un esclavo liberto que antes había estado al servicio de Séneca. Además, Atticus (Osqui Guzmán) hace las veces de narrador y es el puente entre la mirada externa del público y el drama interno de los personajes. Un rol que a Osqui ya le calzaba bárbaro en Salomé de Chacra de Mauricio Kartun, en donde también se desempeñaba como el relator del drama de Salomé con mirada distanciada. Esta vez también entramos en complicidad con él y releemos la historia del emperador romano desde su perspectiva.

¿Pero qué es “La Historia”? Dice Atticus en la obra: “Lo que es el destino… hasta hace unos días estos poemas eran considerados los mejores de todos los tiempos. (…) Y Nerón- hasta hace poco el paladín de la belleza- ahora es la hortaliza cantora! el engendro de la decadencia humana. (…) Se inventarán historias! se lo acusará de barbaridades de todo tipo. Ríos de tinta correrá contra Nerón. (…) Sus enemigos- hasta hace poco traidores a la patria- se convertirán en mártires y las ficciones del futuro los ensalsarán como verdaderos héroes (…) A mí con suerte me van a tocar cinco líneas en alguna enciclopedia”

Ya desde el texto se plantea al relato histórico como la traducción infiel de los hechos, una narración escrita por los vencedores en la que se escatima lo concerniente al enemigo  y se engrandece la propia imagen de los que la escriben, con el afán de pasar a la posteridad aunque sea con una dignidad robada. ¿Qué tipo de traducción es la escénica entonces? ¿Qué papel viene a jugar el teatro acá? ¿Qué y cómo se elige traducir “los hechos”? Y si el texto dramático es una traducción satírica de “la historia” contada por los vencedores, ¿el teatro también es traductor infiel de las palabras del dramaturgo? Sí, seguramente. De eso se trata esto de las palabras y los cuerpos, del texto que se escribe y del que se in-scribe en la escena, en el acontecimiento puro presente, materia de la que está hecho el buen teatro.

Un dato no menor es que Acobino escribió Enobarbo en pleno cambio de milenio, apenas un año antes de que la Argentina se prendiera fuego. ¿Casualidad? Resulta imposible no relacionar el trabajo del texto sobre los vínculos entre el poder político y el teatro con el estallido nacional del 2001. Del mismo modo, resulta significativo que tantos años después el texto sea puesto en escena en pleno contexto de crisis -no sólo económico-social, sino también institucional- en el mismísimo Teatro Nacional Cervantes. Es decir, mucho más allá de Roma y del Imperio, mucho más allá de Nerón mismo, Enobarbo propone una mirada grotesca sobre el poder, su vínculo con las masas y la teatralidad como condición inexorable de la política.

Cuenta “la historia real”, -si es que tal cosa existe ya que siempre los hechos son narrados por alguna subjetividad-, que Nerón durante su gobierno construyó diversos teatros y promocionó competiciones y pruebas atléticas. Este aspecto reaparece en la obra, retratando al emperador como a un benefactor y embajador cultural que devuelve a las masas “el teatro, ese arte sagrado del que la elite se había apropiado”. Mirado desde la actualidad, ¿cómo no pensar en los populismos como el enclave político (quizás el único) que logró contactarse con las masas, aun desde su delirio de grandeza y deseo de poder?

El otro plano en el que me gustaría hacer hincapié es el de la intelectualidad y su rol en relación a la política. De la obra se desprenden al menos dos hipótesis al respecto: se es un intelectual como Séneca (Pablo Seijo), cómplice de los tejes y manejes del gobernante en funciones con intereses propios en acceder al poder y listo para traicionarlo ni bien los vientos cambien; o se es Atticus, un ayudante muy advertido de la insania del poder que maneja el bote desde las sombras y que es un engranaje fundamental para llevar el gobierno a puerto sano y salvo. Una vez más, pienso cuál de los dos es el que finalmente escribe la historia y afirmo: la narración pertenece siempre a la zona de la traición, semilla de todas las ficciones.

La obra es coherente en este sentido. “Es redonda”, como se dice en el nicho, porque sabe abrochar muy bien esta problemática que ya está en el texto dramático con el resto de los planos que hacen concretamente a la puesta en escena. Acá el mérito de la dirección es también indiscutible.

En Enobarbo, esta (re)construcción de la Roma Imperial encuentra su ejecución también en el plano escenográfico. Grandes bancos blancos, largos y móviles construyen la ciudad una y otra vez. Como si se tratara de piezas encastrables, los bancos se apilan, se acuestan, se alinean. Son los ladrillos con los que Atticus va armando y desarmando el relato y escenificando la historia de Nerón, dejando en evidencia el andamiaje de la trama y de la puesta en escena.

También el vestuario encuentra una resolución creativa y política de la mano de Gabriela Aurora Fernández. Las togas no están hechas de cualquier tela. Son (mejor dicho, parecen) viejos sacos de harina de trigo de los años 50, años en que la Argentina era el granero del mundo. Ensamblados a fuerza de nudos y otras estratagemas, Gaby los convierte en túnica romana. Y así saltamos de lo más precario a la alta cultura en un solo paso. “Como si los actores se hubieran armado su propia hipótesis de romanos”, me comentó en un breve intercambio sobre el tema. Una hermosa síntesis, un puente entre el presente y el pasado, entre Argentina y Roma, entre Nerón y Perón. Hasta en las pelucas experimentó la mezcla. No hay uno solo de los actores que lleve peluca completa. “Todo son postizos mezclados con sus pelos”. Una vez más, el encuentro entre la realidad y la ficción, ese borde en el que finalmente “lo real” se reconfirma una suma de construcciones, de pelos de mentira que simulan a los verdaderos y se entremezclan con ellos.

En las actuaciones llenas de recursos cómicos, de gags, de gestos clownescos que le dan ritmo y vida a esta mirada mordaz del dramaturgo, se reafirma el trazo de Osqui como director. En ese plano, como en otros de la puesta que ya fuimos repasando, se agradece y festeja la sencillez de algunos recursos que convierten algo tan lejano como un texto en verso sobre la Roma Imperial en un sonido fluido y vivo, puro acontecimiento teatral. Claro que esto se completa y sostiene gracias a las actuaciones, todas muy sólidas en general y entra las que se destacan fundamentalmente las de Fusco -con un trabajo corporal increíble-, Guzmán y Seijo.

Para los más literatos, dejamos acá el link al texto de Acobino: https://es.scribd.com/document/249219047/Enobarbo-Neron e insistimos en que no se pierdan esta joya de la cartelera porteña.

Ficha técnico artística

Autoría: Alejandro Acobino

Dirección: Osqui Guzmán

Elenco: Manuel Fanego, Pablo Fusco, Leticia González de Lellis, Osqui Guzmán, Javier Lorenzo, Fernando Migueles, Pablo Seijo

Música original: Tomás Rodríguez

Vestuario: Gabriela Aurora Fernández

Escenografía: Mariana Tirantte

Iluminación: Facundo David

Asistencia de dirección: Juan Doumecq, Matías López Stordeur

Asistencia de vestuario: Estefanía Bonessa

Producción: Lucero Margulis, Leandro Fernández

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