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Alberto Ajaka vuelve a dirigir. Se trata de su cuarta obra junto al Colectivo Escalada, con el que viene trabajando hace varios años y que se formó, en palabras del director: “por una necesidad de hacer teatro“. En Los rotos, Ajaka busca romper con lo “reflexivo” que, según él, caracterizó las tres primeras obras que montó junto al grupo: ¡Llegó la música! (2012 y 2013, en Sala Escalada), El director, la obra, los actores y el amor (2013 en el Centro Cultural Rojas y Sala Escalada) y El hambre de los artistas (2015 en el Teatro Sarmiento). Si bien, con el pasar de los años, hubo altas y bajas entre los integrantes, el director conoce bien a los actores y sabe cómo sacar lo mejor de cada uno.

Un día en la vida de Punta Esquina, la intersección que une el Barrio Obrero con La Villa. Todo puede suceder allí, donde no parece haber mucho más que un pequeño kiosco y un auto viejo. La historia se desarrolla desde que sale el sol, con un travesti golpeado que vuelve a casa y un chico que amanece sin desayuno pero rezando, porque vive en la miseria, enfermo y lo único que puede hacer es pedirle a Dios un milagro, hasta que entra la noche y el barrio se apaga.

Durante la hora y media que dura la función, entran en escena muchísimos personajes y se desarrollan varias historias a la vez. La enfermedad en la pobreza, el hambre, la violencia, la droga y la marginalidad se hacen presentes en la vida de cada uno de los rotos, que vienen de La Villa o del Barrio Obrero. Momentos hay miles y las emociones van de un extremo a otro: hay risas, fiestas, muertes y hasta milagros.

Alberto Ajaka trae a escena una realidad social conflictiva en forma de “grotesco fantástico”, como decidió definirlo. Descoloca, hace reír y, sobre todo, hace pensar. El trabajo actoral de todos los artistas se destaca. Resulta orgánico: hay discapacidades, acentos extranjeros, actores que personifican a más de un personaje y ninguna fisura.

Es una puesta dinámica, en la que los personajes salen y entran de la escena una y otra vez. La irrupción de nuevos “rotos” sorprende en varias ocasiones, al mismo tiempo que algunos de los que conocimos al principio de la obra desaparecen, para nunca más volver. El hilo de una historia se corta por unos minutos, para dar paso a una nueva, y entre ellos se entrelazan, como ocurre también en la vida.

Hay quien tiene trabajo y quien no, está el cheto que viene a comprar droga a la villa, porque es más barato, algunas parejas se desmembran, porque hay quien se escapa de una realidad en la que sufre, pero también hay familias que se forman en ese mismo lugar. Las clases sociales chocan y, en la esquina, los rotos se unen al compartir sueños rotos y desgracias, se diferencian de los que no pertenecen allí, pero también reciben de brazos abiertos a algún que otro recién llegado. Se protegen, se ayudan y se acompañan.

Ajaka construye una identidad muy profunda para cada uno de sus personajes y nos revela la cotidianidad de la vida en el Barrio Obrero y en La Villa. Se logra un efecto interesante: surge alguna que otra risa ante situaciones que pertenecen a una realidad que, en el fondo, incomoda, que sabemos que existe pero que nunca enfrentamos.

“Dentro de lo que pudimos, hicimos lo que se nos cantó”, firma el programa de la Los rotos. Bravo, lo que se les cantó funcionó y nos encanta.

Ficha técnico artística

Autoría y dirección: Alberto Ajaka

Actuación: Fernando Contigiani García, Luciana Mastromauro, Georgina Hirsch, Leonel Elizondo, Sol Fernández López, Luciano Kaczer, Camila Peralta, Gabriela Saidón, Karina Frau, Andrés Rossi y Darío Levy

Música: José Ajaka y Alberto Ajaka

Asistencia de dirección: Hernán Ghioni

Escenografía: Rodrigo González Garillo

Vestuario: Betiana Temkin

Iluminación: Adrián Grimozzi

Fotografía: Gaspar Kunis

Producción: Silvina Silbergleit

Asistencia de producción: María Villar

Compañía: Colectivo Escalada

 

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